DERROCAN A ILLIA

DERROCAN A ILLIA

Muchos factores confluyeron para generar una opinión pública favorable al golpe de Estado contra Arturo Illia

El 28 de junio de 1966, una rebelión militar derroca al presidente argentino Arturo Illia.

7 de julio de 1963, Arturo Illia había sido electo presidente de la Nación.

El gobierno de Illia, “custodiado” por las Fuerzas Armadas, tuvo un rumbo errático

Las elecciones de 1963 marcaban también la debilidad del sistema partidario: una atomización de fuerzas había dado apenas un 25% de los votos para la fórmula ganadora.

El gobierno de Illia, “custodiado” por las Fuerzas Armadas, tuvo un rumbo errático, imposibilitado –por su debilidad intrínseca (una escasa cantidad de votos y una negativa a conformar alianzas)- de consolidar siquiera aquellas medidas que congeniaban con el anhelo popular, como la anulación de los contratos petroleros, la ley de medicamentos y cierta inicial reactivación económica.

Muchos factores confluyeron para generar una opinión pública favorable al golpe de Estado, en un contexto político y social en creciente ebullición caracterizado por el fenomenal Plan de Lucha de la CGT, la aparición de la guerrilla guevarista en Salta, el crecimiento electoral de las fuerzas peronistas en 1965 y su posible triunfo en 1967 y el enojo de militares con una política exterior que, por caso, los subordinaba a la comandancia brasilera en la intervención de Santo Domingo, contribuyó a crear un clima adverso para el gobierno y alimentaba las imágenes públicas que identificaban la gestión de Illia con la lentitud, la inoperancia y el anacronismo.

Semanas después del golpe, desde la revista Extra, el periodista Mariano Grondona alegaba: “Detrás de Onganía queda la nada. (…) Onganía hace rato que probó su eficiencia. La de su autoridad. La del mando. Si organizó el Ejército (…) ¿por qué no puede encauzar el país? Puede y debe. Lo hará”. Tres años más tarde, también Onganía saldría eyectado de la Casa Rosada.

El clima de insatisfacción crecía en la Argentina. En julio, en una de las habituales reuniones de los comandantes en jefe de las tres fuerzas armadas, el teniente general Juan Carlos Onganía, sorpresivamente, rompió su habitual mudez. Dijo que, así como la Iglesia luego del Concilio Vaticano II se aggiornó, a la Argentina le hacía falta un “aggiornamento nacional”. No se trataba de un golpe de Estado, aclaró, sino de una “gran revolución”, una modificación de la actitud mental del país. Y siguió: “Esa revolución debe hacerla el presidente, o de lo contrario es imprescindible que la lleven a cabo las fuerzas armadas”. Onganía se preguntó en voz alta: “¿Es capaz el presidente de hacer esa revolución?”. Y, con un tono de voz más bajo, dijo y se dijo: “Creo que no”.

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